Valeria no durmió esa noche.
Se quedó sentada en la terraza hasta las cinco de la mañana, envuelta en una manta, mirando cómo el cielo pasaba del negro al azul profundo. Tenía la carta con las condiciones en la mano, ya arrugada de tanto leerla.
Mateo apareció poco después del amanecer. Se sentó a su lado en silencio durante varios minutos antes de hablar.
—¿Ya tomaste una decisión? —preguntó sin mirarla.
Valeria tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó sorprendentemente calmada:
—Sí.
Ma