Valeria se quedó mirando la figura que desapareció entre las sombras hasta que ya no pudo verla más. Sus piernas temblaban tanto que tuvo que sentarse en el suelo del estudio.
Mateo regresó minutos después. La encontró pálida, con la mirada perdida.
—¿Qué pasó ahora? —preguntó, esta vez con menos paciencia.
—Estaba ahí afuera —susurró Valeria—. Mirando la casa. Me saludó.
Mateo se acercó rápidamente a la ventana, pero ya no había nadie. Cerró las cortinas con fuerza y se giró hacia ella.
—Esto