Sesenta y cinco años después
La casa blanca frente al mar ya era un lugar histórico. Los turistas llegaban en silencio, dejaban flores en la placa de la playa y se iban sin hacer ruido, como si supieran que allí descansaba una leyenda viva.
Elena Ferrera, con noventa y ocho años, era la última de la primera generación. Estaba sentada en la misma mecedora de su madre, envuelta en una manta gruesa, con la mirada perdida en el horizonte. A su lado, su nieta mayor, Valeria (a la que llamaban “Val”