SIENNA
Dos de los hombres que habían estado parados fuera de la habitación, escoltan a Dante Morelli hasta perderse en los corredores.
De inmediato, fulmino a Massimo con la mirada.
— ¿Por qué no dejaste que me defendiera? ¿Acaso no escuchaste lo que dijo ese idiota?
Los músculos de sus brazos tonificados se tensan bajo su ropa. De un tirón, me atrae hacia él. Ahora estamos a pocos centímetros el uno del otro. Incluso, el sofá me parece más amplio de lo que antes era.
— Baja la puta voz —me dice