Raúl, el mayordomo, llegó al oír el alboroto y, al ver la escena, optó por guardar silencio, retrocediendo dos pasos como simple espectador.
Esa mujer y Carolina solo vienen a causar líos. En cuanto el señor no estaba, se volvían arrogantes.
Rosa temblaba.
—No, Señor Jiménez, yo...
—Sebastián, Rosa solo se preocupaba —intervino Carolina—. A esta hora normalmente ya habrían despertado los niños, ¿por qué hoy no? temía que pasara algo. Y no podía entrar, por eso golpeó más fuerte.
—¡Sí, sí! —Rosa