Sombras de engaño (2da. Parte)
Al día siguiente
Berlín
Cristina
Apenas dormí. La imagen de Yang Ling mirándome con ese odio mudo me taladró toda la noche. No podía quedarme así, con esa duda clavada entre el pecho y la garganta. Ralph O’Connor logró conseguirnos un almuerzo con Albert Fisher y su familia. La excusa perfecta: hablar de su fundación. Pero todos sabemos que estoy aquí por otra cosa.
La ciudad se ve gris tras la ventanilla del coche. Roger me toma la mano; su pulgar dibuja círculos lentos sobre mi piel, intentand