El eco de la bofetada resonaba en la pequeña sala de neonatos, más fuerte que el zumbido de la incubadora. La sangre brotaba del labio roto de Nathaniel Vance, un hilo carmesí que pintaba un cuadro brutal en su rostro pálido.
Dmitri Slov, con el puño aún tembloroso en el aire, jadeaba, su pecho subiendo y bajando con una furia incontrolable. Los agentes del Servicio Secreto, que se habían quedado atónitos por la velocidad del ataque, finalmente reaccionaron, moviéndose para contener a Dmitri. D