Los días que siguieron a la bofetada de Dmitri Slova se fundieron en una neblina de dolor para Nathaniel Vance. El incidente en la sala de neonatos había sido el clavo final en el ataúd de su dignidad, un recordatorio brutal de su impotencia.
El luto nacional por Anastasia se sentía como una burla personal, un coro de condolencias que solo amplificaba su culpa. Vance se había encerrado en sí mismo, la Casa Blanca una vez más su prisión, pero esa vez, autoimpuesta.
Se arrastraba por los pasillos