El eco del cuerpo de Anastasia golpeando los peldaños de mármol se había transformado en el aullar ensordecedor de las sirenas. La Casa Blanca, un santuario de poder, se había convertido en una escena de caos y urgencia.
Apenas unos minutos después de la caída, el hall principal fue invadido por paramédicos que, con movimientos rápidos y precisos, atendían a Anastasia. Nathaniel Vance yacía arrodillado junto a ella, la sangre de su esposa en sus manos, su rostro una máscara de horror y absoluta