El domingo en Barcelona amaneció con esa luz dorada y densa de finales de septiembre. Era el tipo de mañana que invitaba a reducir la velocidad, a ignorar los relojes y a dejar que la ciudad dictara sus propias reglas.
En Gràcia, el mercado local ya era un hervidero contenido de voces catalanas, olores a pan recién horneado y el golpe rítmico de los cuchillos de los carniceros contra las tablas de madera.
Isidora caminaba entre los puestos de fruta. Llevaba unos vaqueros desgastados y un suéter