La Esposa Sustituta: El Diseño de la Venganza
La Esposa Sustituta: El Diseño de la Venganza
Por: Renata Caglioni
El Refugio y las Cenizas

El agua fría cayó sobre las rosas blancas del jardín trasero. Isidora Almonte movía la regadera con cuidado, como si el ritual la protegiera de lo que venía después. Sus manos, delgadas y pálidas, sabían exactamente cuánto necesitaba cada planta.

—Las flores no van a salvarte —dijo Clara desde la puerta.

Isidora no levantó la vista.

—A ti tampoco te salvaron los zapatos de diez mil pesos.

Clara no respondió. Isidora oyó el golpe de sus tacones alejarse por el mármol, rápido, cortante, el sonido de alguien que no esperó lo que recibió. Dejó la regadera en el suelo.

—Rafael te quiere en su oficina —repitió Clara desde adentro, ya sin dignificar la conversación con su presencia—. Ahora.

* * *

La oficina olía a cuero caro y a decisiones mal tomadas. Rafael estaba detrás del escritorio que había pertenecido a su padre, y cuando levantó la vista al verla entrar, algo en su expresión no era la presión habitual. Era otra cosa. La calma del que ya ha jugado una mano.

—La empresa está al borde —dijo.

—No es mi empresa.

—Clara se casará con Matteo Franzani. La fiesta de compromiso es este sábado. Necesito que estés presente, sin escenas y sin ausencias.

—En dos semanas cumplo dieciocho. Me voy al convento.

Rafael cerró la carpeta que tenía abierta frente a él. Un gesto tranquilo. Eso fue lo que le heló el estómago a Isidora: no la rabia de siempre, sino la serenidad de quien ya no necesita persuadir.

—Sé lo del convento de Santa Teresa.

Silencio.

—Y también sé —dijo Rafael, levantándose, sin apresurarse— que Sor Mercedes lleva tres años esperándote. Sería una lástima que eso cambiara.

No dijo nada más. Se fue hacia la ventana, mirando el jardín, como si la conversación ya hubiera terminado en su cabeza.

Isidora salió sin esperar respuesta. Sus pasos en el corredor sonaron más controlados de lo que se sentía por dentro.

* * *

El salón de trabajo pequeño, el que Rafael usaba para las llamadas que no quería que nadie oyera. La puerta estaba entornada.

Isidora redujo el paso.

—...sí, esta tarde. —La voz de Rafael, baja—. Ya hablé con el obispado. El convento de Santa Teresa no aceptará solicitudes de la familia Almonte hasta nuevo aviso. Lo encaminé como una disputa de do—

Un clic. La puerta se cerró desde adentro.

Isidora se quedó inmóvil en el corredor con la mitad de una frase colgando en el aire.

Lo suficiente. Había escuchado lo suficiente.

El convento ya estaba bloqueado. No como amenaza: como hecho.

Sor Mercedes le había guardado ese lugar durante tres años. Desde que su madre, Alicia, había pasado sus últimas semanas allí, mirando por la misma ventana del patio donde Isidora soñaba sentarse algún día. El convento no era un plan. Era lo único que quedaba de ella.

Y Rafael acababa de hacerle una llamada telefónica.

Siguió caminando hacia su habitación.

* * *

El portafolio estaba detrás de las pocas prendas de su closet. Lo abrió sobre la cama y pasó las páginas despacio. Años de trabajo silencioso. Vestidos que nadie había visto nunca porque había tenido cuidado de que así fuera.

Había seis bocetos que valían más que los otros. Una línea de siluetas que había desarrollado en los últimos ocho meses, una arquitectura de tela que ningún diseñador de Casa Almonte había pensado todavía. Si Clara los viera, serían de Clara en veinticuatro horas.

Los retiró del portafolio uno a uno.

Fue al fondo del closet, sacó el abrigo largo de lana gris que nadie había tocado desde el invierno pasado, y con unas tijeras pequeñas abrió con cuidado la costura interior del forro a la altura del dobladillo. Dobló los seis bocetos con precisión, los deslizó dentro y volvió a coser la costura con hilo gris, igualando los puntos originales.

Cuando terminó, el abrigo parecía exactamente igual.

Isidora lo colgó de vuelta en el closet y cerró la puerta.

Su celular vibró sobre la cama.

Un mensaje de Charles: "Niña. Los planes cambiaron. El señor Luca adelantó la visita. El coche ya está en la autopista. El señor Matteo viene con él. No llegará como visita."

Isidora miró la pantalla.

No llegará como visita.

Charles nunca usaba esas palabras para nada bueno.

Guardó el celular y miró el closet cerrado. Había escondido los bocetos con la precisión de alguien que tiene tiempo para planear. Pero había algo que no había calculado: que quizás nadie necesitaba encontrar los bocetos para quitárselos. Que quizás eso no era lo primero que vendría a buscar.

 

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