El jueves por la mañana, Isidora puso el boceto cuarenta y ocho sobre la mesa del taller.
No lo anunció. Solo lo extendió sobre la superficie de la mesa de corte con el mismo cuidado que se usa con los documentos que no pueden ser arrugados y esperó a que el equipo, que entraba en ese momento con los cafés y las mochilas del jueves de trabajo, lo viera.
Marco fue el primero en acercarse.
Lo miró.
Sin tocarlo. Con la mirada de alguien que lee bocetos técnicos con la misma atención que un músico