Bérgamo alta.
Las calles medievales de piedra gris bajo el cielo blanco de noviembre. El funicular que subía desde la ciudad baja con el sonido mecánico de algo que lleva décadas haciendo el mismo recorrido y que ya no necesita anunciarlo. Los adoquines desiguales que obligaban a caminar con atención.
El tipo de lugar que no cambia porque ya encontró su forma definitiva hace siglos.
El estudio de Héctor Garriga estaba en el segundo piso de un edificio a doscientos metros de la basílica. Puerta