El edificio Franzani a las nueve de la mañana tenía el zumbido específico de los días en que algo grande está ocurriendo.
No más ruido que cualquier otro día de semana. El mismo tráfico de personas entre plantas. El mismo café de la cafetería del segundo piso. El mismo sistema de climatización ajustándose al calor de los cuerpos que llenaban los pasillos. Pero debajo de todo eso, algo diferente. La tensión específica de los edificios donde la gente sabe que hay algo que todavía no sabe pero que