La declaración no estaba en ningún plan original.
Isidora la había decidido esa mañana, a las seis y cuarenta, mientras leía por segunda vez el artículo de Vera Calvo y escuchaba en la radio del apartamento las primeras reacciones del sector que llegaban antes del amanecer desde los medios europeos con diferencia horaria favorable.
El artículo era bueno. Era preciso y documentado y honesto. Pero era de Vera Calvo.
Lo que Isidora necesitaba que existiera en el registro público era su propia voz.