La tarde se convirtió en noche sin que ninguno de los tres lo gestionara deliberadamente.
Leonora encendió las lámparas del salón cuando la luz del exterior desapareció detrás de los Alpes con esa velocidad específica que tienen los atardeceres en noviembre en Ginebra: rápidos, sin los gradientes largos del verano, como si la ciudad decidiera que ya es suficiente y apagara la luz sin previo aviso.
Abrió una botella de vino.
Tinto del lago, de una bodega del cantón de Vaud que tenía la etiqueta