Sus dedos se aferran a mi garganta con la precisión de un verdugo, con la presión justa para hacerme sentir que está en control absoluto de mi respiración, de mi resistencia y de cada maldito movimiento que intente hacer. Pero si cree que eso me hará ceder, está más equivocado de lo que jamás podría imaginar.
Mis manos se aferran a su muñeca con la fuerza que me queda, no para detenerlo, sino para demostrarle que, a pesar de que me tiene en esta situación, no soy una víctima sumisa ni una muñec