Savannah Montgomery
El agua de la piscina, que al principio se sentía como un alivio refrescante contra el calor abrasador del sol, ahora se transformaba en un conductor de una electricidad que recorría mi columna vertebral, una corriente que solo ellos dos eran capaces de invocar. Estábamos ahí, los tres en el centro de la piscina, sumergidos hasta la cintura mientras la luz de la tarde nos envolvía en una atmósfera irreal, casi onírica. La tensión, que ya era insoportable, alcanzó un punto