13:30 hs. - Damián.
Tras los tensos, extraños y cuasi pornográficos episodios de la mañana, Salomé y yo nos arreglamos un poco y salimos a almorzar.
—¿Qué pedimos? —me dijo mientras ojeaba la carta.
—No sé, lo que sea. Me muero de hambre. Si me ponen un truño ahí encima te juro que me lo como.
—¡Cerdo! —me pegó—. ¡No digas esas cosas en la mesa!
—Mala mía —reí yo.
En eso estábamos, cuando me dio uno de esos golpes repentinos míos de amor. La tomé de las manos y, sin dejar de mirarla a los ojos,