Sean se levantó de la cama sintiendo la debilidad provocada por la fiebre que lo había mantenido en un estado de agotamiento constante. La habitación, bañada en la luz tenue de la tarde, parecía un reflejo de su propia mente: confusa y sombría. Zoe, de pie junto a la puerta, lo observaba con una expresión que mezclaba desprecio.
-Fíjate bien, Zoe -dijo Sean con voz temblorosa, pero cargada de ira contenida-, no te creas que te estoy permitiendo hacer lo que te dé la gana porque tenga miedo de t