Ante aquella confesión, el pelinegro apenas logró sonreír, poniéndose el cabello largo detrás de la oreja mientras evitaba el poderoso sonrojo que pronto vendría a por él, y evitando acostumbrarse a ello. James sabía qué decir, aunque antes le parecieran ridículas todas las palabras que soltaba; siempre decía lo correcto. O al menos, lo que él deseaba escuchar.
Sintiendo una punzada en la cabeza, y el pronto dolor muscular demostrándole que no se encontraba bien, perdió el aire cuando observó l