James no le dio tregua. Con una precisión despiadada, continuó golpeándolo en el pecho y el estómago, cada puñetazo impulsado por la rabia acumulada. El sonido de los golpes resonaba en el gimnasio, acompañado por los gritos y aclamaciones de los demás. El gigante intentó contraatacar, pero sus movimientos eran torpes y lentos comparados con la velocidad y la destreza de James.
La sangre comenzó a manchar el rostro del hombre grande, y sus ojos mostraban signos de desesperación. James, en cambi