El aire en la suite era denso. La conversación grabada había dejado un rastro de veneno difícil de tragar. Alessandro caminaba de un lado al otro junto a la ventana, con los brazos cruzados, los ojos fruncidos, la mandíbula apretada. Enzo, sentado frente al computador, escuchaba de nuevo las palabras de Giuliano con atención obsesiva.
—Los planos llegarán mañana en un sobre sellado. Tu informante no falló, me lo entregará uno de los tuyos… el chofer —decía Giuliano, con una risa seca al final.