La noche en Roma parecía respirar con una pausa pesada. Alessandro y Enzo no habían dormido. La revelación de la traición de Mario aún ardía en el pecho de ambos como un hierro al rojo vivo.
A la mañana siguiente, cuando el sol apenas se alzaba sobre los edificios antiguos, Alessandro ordenó que bajaran discretamente al estacionamiento. Allí estaba Mario, revisando el maletero del auto como si nada hubiese ocurrido.
—¡Mario! —gritó Alessandro, caminando directo hacia él con paso firme.
El chofe