El sonido del cuchillo cortando la carne resonó en la suite como un latido. Alessandro, sentado frente a Enzo en la pequeña mesa del comedor, masticaba con la misma calma con la que firmaba órdenes de ejecución. Enzo, por su parte, comía en silencio, pero su mirada estaba fija en el plato, sin probar realmente bocado.
—Quién iba a decir que Giuliano era un maricón —dijo Alessandro de pronto, sin emoción, como si hablara de un dato irrelevante del informe.
El cuchillo de Enzo se detuvo en seco