El sonido del reloj antiguo resonaba en el despacho con un ritmo inquebrantable, marcando cada segundo como si lo arrancara del alma de Alessandro Moretti. Estaba de pie frente al ventanal, con los brazos cruzados y los labios apretados. La copa de whisky sobre la mesa llevaba horas intacta. No había dormido. No podía. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de su hijo: herido, decepcionado, con ese temblor sutil en la mirada de quien ya no espera nada de ti. Y a pesar de que Enzo se habí