La tarde había caído sobre la ciudad como una caricia dorada, tiñendo los cristales de la mansión Carbone con destellos cálidos. Las luces del jardín se habían encendido, y en el interior, el ambiente olía a pan fresco, café fuerte y tranquilidad.
Pero esa tranquilidad se rompió en cuanto el timbre sonó con insistencia.
Jin, que estaba en su habitación, bajó las escaleras a paso acelerado. Su pecho latía con fuerza, sin saber por qué sentía una inquietud ardiéndole dentro. Cuando uno de los gua