La prisión estaba sumida en una oscuridad densa, rota únicamente por el parpadeo intermitente de algunas luces de seguridad que colgaban de los pasillos. Era la hora de dormir, y el silencio reinaba con esa falsa calma que a veces precede a la tormenta. Los guardias patrullaban con la rutina aprendida de años, recorriendo los pasillos y revisando celda por celda, asegurándose de que todo estuviese en orden. El metal de las llaves tintineaba con cada paso, un sonido que se mezclaba con el eco le