El aire en el reservado se había convertido en una trampa de alta tensión, un campo minado donde respirar implicaba inhalar el veneno del otro. Suspendidos en ese precipicio absoluto, con los rostros a escasos milímetros, Elena Vance sentía que la gravedad de la habitación se había centrado exclusivamente en la boca de Dimitrios Korpis. La música electrónica que retumbaba desde el piso inferior del Purgatorio parecía sincronizarse con el latido desbocado y violento de su propio corazón, golpean