Mundo ficciónIniciar sesiónLas paredes del pequeño apartamento de Elena parecían estar encogiéndose. Llevaba dos horas caminando de un lado a otro por el pasillo de la sala, con los brazos cruzados y el estómago revuelto. Su piel todavía ardía, conservando el calor fantasma de las manos de Dimitrios Korpis sobre sus muslos, y la humillante consciencia de que debajo de sus pantalones de chándal no llevaba ropa interior porque el griego se la había guardado en el puto bolsillo del saco.
—Vas a hacer un surco en el pi






