El vestíbulo del St. Regis desprendía un aroma aristocrático a lirios frescos y mármol pulido, un entorno diseñado exclusivamente para el confort de las grandes fortunas mundiales. Valeria se detuvo justo frente al ascensor privado que conducía a las suites imperiales, girándose hacia Dimitrios Korpis con una lentitud felina. Sus ojos oscuros brillaban con una promesa explícita, una invitación lasciva que no requería ningún tipo de traducción. Alargó una mano de uñas impecables, rozando con d