El amanecer sobre Manhattan entró por los enormes ventanales del St. Regis con una luz grisácea y fría que a Dimitrios Korpis le dolió en el centro de la frente. No había dormido más de dos horas. Se había pasado el resto de la madrugada maldiciéndose a sí mismo, tirado boca arriba en la inmensidad de su cama, con la mandíbula tan apretada que le dolían los dientes. Había tenido sexo rudo, rápido y directo con una de las modelos más cotizadas de Europa en el capó de un coche, una descarga físic