El rugido del motor del deportivo alemán apenas lograba competir con los latidos desbocados en el pecho de Elena Vance. Sus manos apretaban el volante de cuero con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto completamente blancos. Manejaba sin rumbo fijo por las calles del Soho, doblando esquinas de forma errática mientras la neblina de la furia le enturbiaba la vista. Dimitrios Korpis era un maldito desgraciado. Un monstruo corporativo que no solo se conformaba con asfixiarla financiera