El rugido del motor del deportivo de Dimitrios era lo único que llenaba el habitáculo de la cabina. El trayecto desde la galería hasta el restaurante en el Soho se convirtió en una tortura de asfalto y silencio. Dimitrios conducía con una parsimonia sádica, con los dedos largos apenas rozando el cuero del volante, manteniendo los ojos claros fijos en el tráfico de Manhattan. A su lado, Elena era una estatua de pura rabia. Tenía la espalda completamente rígida contra el asiento de piel, los braz