47. La Garra del Melik
Amir miró a los dos europeos, reconociendo en sus rostros la misma posesividad enfermiza y el mismo amor desesperado que lo gobernaba a él. Ya no importaban los títulos, ni el dinero de la mafia, ni los barcos contrabandistas; en medio del desierto oriental, los tres hombres se habían convertido en lobos de la misma manada, obligados a devorar al enemigo común para rescatar a la fiera que les había robado la cordura.
—Suban a los vehículos —ordenó Amir, su voz recuperando la vibración del mo