31. El Cebo y la Serpiente
Pasadas las tres de la madrugada, el pomo de la puerta comenzó a moverse con una lentitud milimétrica. Gracias al aviso silencioso de una de las sirvientas aliadas en los pasillos, que había dejado caer deliberadamente una bandeja de plata pisos abajo para alertar del movimiento de la guardia de Zahra, Elena ya estaba lista.
La puerta se abrió sin hacer ruido. Dos siluetas masculinas, vestidas con el uniforme de la milicia del norte pero con los rostros cubiertos, se deslizaron hacia el inter