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3. El Hombre que Llegó del Desierto

​—En carne y hueso. Y tú debes ser la mujer que le ha robado el sueño al aburrido de Matteo —Nikos dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con una naturalidad asombrosa. Le quitó suavemente la tapa del lente a su cámara y la miró a los ojos —He hecho un trato con él. Le he "prestado" mi barco para su sesión, pero con una condición, yo elijo a la modelo. Y te elijo a ti.

​—Yo no soy modelo, soy la fotógrafa —protestó Elena, intentando retroceder, pero el borde de la borda estaba justo detrás de ella.

​—En mi mundo, eres lo que yo diga que eres —Nikos sonrió, una sonrisa blanca y perfecta que no ocultaba su arrogancia —Pero no te preocupes, no quiero que poses. Quiero que mires. Quiero que captures la esencia de este viaje. Matteo cree que te posee porque conoce tu pasado, pero yo... yo prefiero disfrutar de tu presente.

La noche en el yate fue un torbellino. Nikos no la dejó sola ni un segundo. La llevaba de un lado a otro, presentándola a magnates y modelos, siempre con una mano posesiva en su espalda baja o en su hombro. Elena se sentía como un trofeo, un peón en una batalla silenciosa entre dos titanes.

​—¿Por qué me ayudaste en el aeropuerto? —preguntó ella cuando finalmente lograron un momento de soledad en la proa, bajo un cielo estrellado que parecía estallar sobre el mar Jónico.

​Nikos se apoyó en la barandilla, observando el horizonte. Su expresión se volvió seria por primera vez.

​—Matteo De Luca es un coleccionista, Elena. Él no ve personas, ve piezas de museo. Te tiene en una vitrina desde que eras pequeña. Yo, en cambio, soy un hombre de acción. Si veo algo que me gusta, lo tomo y le doy vida.

​Elena sintió un escalofrío.

¿Cómo sabe él también sobre mi infancia?, pensó. Recordó la foto del carrusel en Florencia.

​—Ustedes dos son iguales —dijo ella con amargura —Creen que pueden comprarlo todo.

​Nikos soltó una carcajada ronca que se perdió en el viento.

​—No te confundas, mélissa (abejita). Matteo quiere protegerte del mundo para que solo él pueda mirarte. Yo quiero enseñarte el mundo para que veas que solo yo puedo seguirte el ritmo. Hay una diferencia fundamental entre la obsesión y la pasión.

​En ese momento, el teléfono de Elena vibró en su bolsillo. Era un mensaje de texto de un remitente desconocido, pero el código de área era de los Emiratos Árabes.

​"El griego es un niño jugando con barcos. El italiano es un hombre viviendo en el ayer. Mira hacia el este, Elena. El desierto no olvida lo que le pertenece."

​Elena guardó el teléfono rápidamente, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies, y no era por el oleaje. Estaba atrapada. Matteo la reclamaba desde las sombras de Italia, Nikos la envolvía en el lujo agresivo de Grecia, y ahora, una tercera sombra surgía desde las arenas de Dubái.

​—¿Qué pasa? Te has puesto pálida —Nikos se acercó, su mano rozando la mejilla de Elena. Sus dedos estaban calientes, un contraste absoluto con la frialdad que ella recordaba de Matteo la noche anterior.

​—Solo... el mareo —mintió ella.

​—Entonces deja que te sostenga —susurró Nikos.

​Él la atrajo hacia sí. Elena podía sentir el latido rítmico de su corazón contra su pecho. Por un momento, quiso rendirse, dejar que el magnetismo de Nikos la hiciera olvidar las fotos, las deudas y el acoso. Nikos se inclinó, sus labios rozando su oído.

​—Él viene hacia aquí, Elena. Matteo no dejará que pases una noche más en mi barco. Pero antes de que llegue, quiero que sepas algo, él podrá tener tus fotos, pero yo tengo tu libertad. Solo tienes que pedirlo.

​Elena lo miró a los ojos. En el verde de la mirada de Nikos vio una promesa de aventura, pero también una red de seda. ¿Era realmente libertad lo que él ofrecía, o simplemente una jaula más hermosa y espaciosa?

​Justo cuando los labios de Nikos estaban a punto de tocar los de ella, un estruendo rompió la calma de la noche. Un helicóptero con el emblema de la Casa De Luca comenzó a descender sobre la pista de aterrizaje del yate, proyectando una luz cegadora sobre ellos.

​Nikos no se movió. No dejó de mirar a Elena, pero su mandíbula se tensó.

​—El Príncipe de Roma ha llegado —dijo Nikos con una sonrisa desafiante —Que comience el espectáculo.

​Elena se separó de él, ajustando su cámara. Sabía que lo que estaba a punto de ocurrir en los próximos capítulos no sería una sesión de fotos, sino una ejecución emocional. Entre el dueño del mar y el dueño de la moda, ella era el único premio. Y en algún lugar del desierto, un tercer hombre observaba el mundo a través de pantallas, esperando el momento exacto para reclamar lo que consideraba suyo por derecho divino.

​La persecución no había hecho más que empezar. Y Elena Rossi, la mujer que solo quería salvar a su familia, se dio cuenta de que para sobrevivir a esos tres hombres, tendría que aprender a ser más peligrosa que ellos.

​El viento marino azotó el rostro de Elena mientras las aspas del helicóptero agitaban su cabello en todas direcciones. Una luz blanca y agresiva barrió la cubierta del yate, transformándola en un escenario gélido, preparado para una guerra privada.

​—Siempre tan dramático… —murmuró Nikos, soltando una risa queda sin apartar los ojos de ella —Matteo jamás supo cómo perder.

​El helicóptero terminó su descenso. Durante un segundo, el rugido fue tan ensordecedor que Elena sintió que el corazón iba a salírsele del pecho. Poco a poco, las aspas comenzaron a desacelerar y la puerta lateral se deslizó con lentitud. Primero descendieron dos hombres vestidos de un negro absoluto; luego, emergió Matteo De Luca con una calma aterradora.

​Traje oscuro, sin corbata, el cabello ligeramente desordenado por el viento y esos ojos azules que parecían capaces de congelar cualquier cosa que rozaran. Elena sintió un nudo opresivo en el estómago. Matteo no buscó a Nikos; su mirada se ancló en ella. Directamente en ella, como si el resto del mundo se hubiera desvanecido.

​—Pensé que habías entendido mi mensaje —dijo Matteo finalmente, avanzando por la cubierta con una parsimonia peligrosa.

​Nikos se apoyó en la barandilla, relajado pero alerta.

—Y yo pensaba que habías aprendido a compartir.

​La tensión entre ambos era casi tangible. Matteo se detuvo frente a Elena.

—Ven conmigo —le ordenó Matteo.

​No fue una petición. Elena levantó el mentón, sosteniéndole el desafío.

—No soy una de tus empleadas, Matteo —respondió Elena.

​Los ojos del italiano destellaron con una chispa gélida.

—No. Eres el problema que estoy intentando evitar —sentenció Matteo.

​Nikos soltó una carcajada sarcástica.

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