6. El Horizonte de Oro y Seda
Un hombre saltó a la nieve sin necesidad de escaleras. Vestía una túnica oscura que ondeaba con el viento de las hélices. Caminó hacia ellos con una elegancia que desafiaba el terreno accidentado.
Amir Al-Hadid se detuvo a pocos metros. No llevaba armas. No las necesitaba. Detrás de él, una docena de hombres armados hasta los dientes formaron un semicírculo perfecto.
—Matteo, siempre fuiste un pésimo estratega —dijo Amir, su voz resonando con una autoridad divina sobre el ruido de los moto