8. Una jaula dorada.

Elena sintió que las paredes de mármol translúcido, bañadas por el sol dorado de Dubái, comenzaban a cerrarse sobre ella como una tumba de cristal. El aire acondicionado, perfecto y gélido, le producía escalofríos, pero no de frío, sino de una impotencia que le quemaba los pulmones. Aquel lujo no era una atención; era una mordaza de seda.

​Caminó con paso decidido hacia las imponentes puertas de madera de sándalo con incrustaciones de nácar. Sus manos temblaban ligeramente mientras accionaba e
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