2. El Desconocido del Yate

Elena abrió la boca para preguntar cómo sabía su nombre y su dirección, pero Matteo ya le había dado la espalda, regresando a su círculo de influencia con la fluidez de un rey.

​La noche continuó, pero para Elena, el resto de la gala fue un borrón de luces y rostros sin importancia.

​Su mente estaba fija en Matteo. ¿Por qué ella? Roma estaba llena de fotógrafos de renombre mundial que matarían por un contrato con la Casa De Luca.

Cuando finalmente salió de la villa, la lluvia había arreciado. Caminó hacia la parada de autobús, empapada y tiritando. Al llegar a su pequeño apartamento en un cuarto piso sin ascensor, la realidad la golpeó de nuevo. Debajo de la puerta había un sobre rojo: el aviso final del banco. Si no pagaba la deuda de su padre en treinta días, perderían la casa familiar en la Toscana.

​Se sentó en su vieja mesa de madera y encendió su computadora para descargar las fotos de la noche. Sus dedos temblaban. Mientras las imágenes pasaban por la pantalla, se detuvo en una. Era la foto que había tomado justo antes de tropezar.

Matteo De Luca mirando directamente a la cámara. ​Pero, al ampliar la imagen, Elena sintió que el corazón se le detenía. En el fondo de la imagen, detrás de Matteo, en una vitrina de cristal que formaba parte de la decoración de la villa, había un pequeño objeto. Un camafeo de oro con una inscripción en latín que ella conocía muy bien. Era el camafeo que su padre había tenido que vender años atrás para pagar su primera quiebra.

​¿Cómo había llegado eso a manos de Matteo?

​Presa de una curiosidad febril, Elena comenzó a buscar en sus archivos digitales antiguos. Buscó fotos de su infancia, aquellas que su padre guardaba con celo antes de que el alcohol y las deudas lo consumieran. Encontró una carpeta titulada "Florencia, 2011".

​Al abrirla, sus ojos se llenaron de lágrimas. Había fotos de ella, con diez años, riendo en un carrusel. Pero en la esquina de una de las fotos, sentado en un banco y observándola con una intensidad que le dio escalofríos, había un joven. Un adolescente de unos dieciocho años, con rasgos afilados y ojos de un azul cobalto inconfundible.

​Era Matteo, él la había estado observando desde que era una niña.

​Elena cerró la computadora de golpe, su respiración agitada rompiendo el silencio del apartamento. El contrato que él le había ofrecido no era una oportunidad; era una trampa. Matteo De Luca no la había conocido esa noche por casualidad. Él la había estado esperando.

​Afuera, un trueno retumbó sobre Roma, y Elena se dio cuenta de que la lluvia no solo estaba mojando las calles de la ciudad; estaba lavando los cimientos de la vida que ella creía conocer. El juego había comenzado, y ella, sin saberlo, era la pieza central en un tablero que cruzaba fronteras y décadas.

​"Puedes correr, Elena", pareció susurrar el viento contra su ventana, "pero el pasado siempre tiene los ojos de Matteo".

​Mañana el coche vendría por ella. Y aunque cada fibra de su ser le decía que huyera hacia la frontera más cercana, sabía que no tenía opción. El destino, envuelto en seda italiana y poder absoluto, ya había decidido que esa noche en Roma bajo la lluvia era solo el prólogo de su propia destrucción o de su renacimiento.

​Elena se acostó, pero no durmió. En la oscuridad, solo podía ver esos ojos azules, acechándola desde el pasado, prometiéndole un paraíso que olía a peligro y a una verdad que quizá nunca debió ser revelada. Roma seguía llorando afuera, ajena a la mujer que acababa de entrar en la jaula de oro de un hombre que no aceptaba un no por respuesta.

La mañana en Roma no trajo la claridad que Elena esperaba. El coche de Matteo De Luca, un Maserati negro de cristales blindados, apareció frente a su edificio exactamente a las ocho, como una fiera esperando en silencio a su presa. Elena, con las ojeras marcadas por una noche de insomnio y la cámara apretada contra el pecho, subió al vehículo con la sensación de quien entra voluntariamente en una celda.

Sin embargo, el destino tenía otros planes. O quizás, el pasado de Elena era un tablero donde más de un jugador movía las piezas.

​Antes de llegar a la villa de Matteo, el conductor recibió una llamada. Elena solo pudo escuchar respuestas monosilábicas "Sí, señor. Entendido. Ahora mismo". Sin mediar palabra, el coche cambió de ruta, alejándose del centro histórico hacia el aeropuerto de Ciampino.

​—¿A dónde vamos? Este no es el camino —preguntó Elena, sintiendo el primer pinchazo de pánico.

​—Órdenes de arriba, signorina. El plan ha cambiado.

​Media hora después, Elena se encontraba subiendo la escalerilla de un jet privado. No había rastro de Matteo, pero en el interior la esperaba un sobre con el logo de la Casa De Luca. “El shooting se traslada al Egeo. Mi colección no merece menos que la luz de Grecia. Te veré en Atenas. M.”

​Elena se hundió en el asiento de cuero del avión. Estaba siendo arrastrada por una corriente de poder que no podía controlar. Pero al aterrizar en Atenas, el caos se desató. Un grupo de hombres con uniformes navales interceptó su transporte en la terminal. No eran hombres de Matteo. Eran más ruidosos, más imponentes y llevaban el emblema de una corona sobre un ancla, el sello de la familia Stavros.

​—Elena Rossi, bienvenida a bordo —dijo uno de ellos, prácticamente cargando su equipaje antes de que ella pudiera protestar.

Para cuando Elena recuperó el aliento, ya no estaba en Atenas, sino en el puerto de El Pireo, frente al yate más grande y escandaloso que jamás hubiera visto. El Stavros Queen no era un barco; era una declaración de guerra arquitectónica. Pintado de un blanco inmaculado que cegaba bajo el sol griego, el navío parecía flotar sobre el agua como una joya sobre terciopelo azul.

​Elena fue conducida a la cubierta principal, donde la música lounge y el olor a salitre y champán la envolvieron. Era una fiesta privada de la élite europea, pero el ambiente era distinto al de Roma. Aquí no había la frialdad de Matteo; aquí había una energía vibrante, casi salvaje.

​—Te ves perdida, fotógrafa. Y en mi barco, nadie debería estar perdido a menos que sea en mis brazos —​Elena se giró y el aire se le escapó de los pulmones.

​Si Matteo De Luca era la luna fría y distante, el hombre frente a ella era el sol en su cenit. Nikos Stavros vestía una camisa de lino blanco desabrochada hasta la mitad del pecho, revelando una piel bronceada por mil veranos. Su cabello castaño estaba despeinado por el viento marino, y sus ojos, de un verde esmeralda brillante, chispeaban con una picardía que era a la vez encantadora y peligrosa.

​—¿Nikos Stavros? —logró decir ella, reconociendo al heredero de la naviera más poderosa del Mediterráneo.

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