4. ​Fuego en el Egeo

​—Ahí está de nuevo el gran Matteo De Luca frío, arrogante y convencido de que puede decidir por el resto del mundo.

​Matteo lo ignoró por completo, manteniendo su atención en la mujer.

—Te advertí que Grecia no era segura —le dijo Matteo a ella.

​—¿Y contigo sí lo es? —disparó Elena con amargura.

​Por un instante, la máscara de Matteo se quebró. Una sombra de culpa cruzó sus facciones; apenas un parpadeo, pero Elena lo captó.

—No tienes idea de lo que está ocurriendo —dijo Matteo en voz baja.

—Entonces explíamelo de una vez —exigió Elena.

​El silencio cayó como una losa. Matteo dio un paso más, invadiendo su espacio personal.

—Elena… hay personas buscándote —reveló Matteo.

Ella frunció el ceño, confundida.

—¿Qué? —preguntó Elena.

​Nikos borró la sonrisa de su rostro y se enderezó.

—¿Qué hiciste ahora, italiano? —interrogó el griego.

​—No fui yo quien la expuso —mascó Matteo entre dientes.

​—Hablas como si fuera mercancía —espetó Elena, herida.

​—Porque alguien decidió convertirte en un objetivo —respondió Matteo.

​Las palabras dejaron el aire gélido. Elena sintió que su cuerpo se tensaba hasta el límite.

—No entiendo nada… —susurró Elena.

​Matteo se pasó una mano por el cabello, perdiendo por fin un rastro de ese control impecable.

—Tu padre debía dinero. Mucho dinero. Y cuando el socio árabe que financiaba parte de la empresa familiar falleció… ciertos acuerdos de protección desaparecieron.

​El término «árabe» hizo que el mensaje recibido minutos antes ardiera en la memoria de Elena: El desierto no olvida lo que le pertenece.

​Nikos observó a Matteo con una seriedad sombría.

—¿Estás diciendo que ella es parte del pago? —preguntó Nikos.

​—Estoy diciendo que alguien cree que le pertenece —contestó Matteo.

​Elena retrocedió, sintiéndose acorralada.

—¿Qué clase de trato es ese? —preguntó Elena.

​Ninguno respondió. Ese silencio confirmó que ambos ocultaban una verdad que la involucraba. La rabia comenzó a hervirle en el pecho.

​—¡Dejen de hablar como si yo fuera un objeto! —gritó Elena, haciendo que varios invitados giraran la cabeza —¡Entonces deja de actuar como si fueras mi dueño!

​Nikos sonrió de lado, con una amargura nueva.

—Bienvenida a nuestro mundo, mélissa. Aquí, los hombres poderosos no piden permiso.

​Elena se volvió hacia él con desprecio.

—Tú tampoco eres diferente a él —le recriminó Elena a Nikos.

​Eso borró la suficiencia del griego. Por un momento, el único sonido fue el del viento. Hasta que un teléfono vibró. No fue el de Elena, sino el de Matteo. El italiano consultó la pantalla y toda la sangre pareció drenarse de su rostro.

​Nikos frunció el ceño, alarmado.

—¿Qué pasa? —quiso saber el griego.

​Matteo levantó la vista lentamente hacia Elena. El miedo en sus ojos fue lo que más la aterró.

—Tenemos que irnos. Ahora —ordenó Matteo.

​—¿Por qué? —alcanzó a decir Elena.

​Antes de que pudiera articular respuesta, una explosión estremeció el puerto a lo lejos. Los gritos estallaron de inmediato. Elena se giró sobresaltada mientras una columna de fuego iluminaba la noche griega.

​Matteo pronunció entonces las palabras que terminaron de demoler su mundo.

—Él ya está aquí.

El estruendo de la explosión aún vibraba en el aire cuando el pánico se desató en el yate. Los invitados, que segundos antes fingían desinterés, ahora corrían atropelladamente hacia las salidas de emergencia, sus gritos mezclándose con el eco de la alarma del puerto.

​Elena se tambaleó. El impacto la habría lanzado al suelo de no ser por la mano de Matteo, que la sujetó del brazo con una fuerza que no admitía réplica.

​—¡Súbela al helicóptero! —rugió Nikos, perdiendo por completo su aire despreocupado. El griego ya estaba sacando un teléfono satelital mientras hacía señas a sus propios hombres de seguridad para que formaran un perímetro.

​—¡No voy a subir a ninguna parte sin que me expliquen qué está pasando! —gritó Elena, tratando de zafarse del agarre de Matteo.

​Matteo no se detuvo. La arrastró hacia la rampa del helicóptero, cuya turbina volvía a rugir con furia.

—Si te quedas aquí, Elena, no habrá nadie a quien explicarle nada. ¡Muévete! —sentenció Matteo con los ojos fijos en el puerto, donde una segunda columna de fuego se elevaba, devorando los yates más pequeños.

​—¡Matteo, espera! —intervino Nikos, bloqueándoles el paso —Mi barco es más rápido que ese pájaro en medio de una tormenta de fuego. Si despegan ahora, serán un blanco fácil desde la costa.

​Matteo se detuvo, su rostro a centímetros del de Nikos. La rivalidad entre ambos ardía con la misma intensidad que el incendio a lo lejos.

—Tu barco es un objetivo civil, Nikos. Mi helicóptero está blindado. No dejaré que juegues a los héroes con su vida —espetó el italiano.

​—¡Basta! —exclamó Elena, logrando soltarse por fin. Se colocó entre los dos gigantes, con el pecho agitado —¿Quién es "él"? ¿Quién acaba de destruir medio puerto para llegar a mí?

​El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por el crepitar lejano del fuego. Matteo y Nikos intercambiaron una mirada de entendimiento que a Elena le heló la sangre.

​—Amir Al-Hadid —reveló Matteo finalmente. El nombre sonó como una condena —El Emir no es un hombre que envíe abogados, Elena. Él reclama lo que cree que es suyo con fuego y sangre.

​—¿Y por qué cree que yo le pertenezco? —preguntó Elena, sintiendo que las piernas le temblaban.

​Antes de que Matteo pudiera responder, el agua a pocos metros del yate estalló. Tres lanchas rápidas, negras y sin luces, cortaron las olas a una velocidad suicida, dirigiéndose directamente hacia ellos. No llevaban banderas, pero el símbolo en sus proas era inconfundible: un halcón de oro.

​—¡Ya están aquí! —gritó uno de los guardaespaldas de Nikos.

​—¡Al helicóptero, ahora! —ordenó Matteo, esta vez cargando a Elena por la cintura sin darle tiempo a protestar.

​Nikos no se quedó atrás. Desenfundó un arma de su cinturón con una destreza que Elena no esperaba de un heredero naviero.

—¡Vete, Matteo! ¡Yo los distraeré! —gritó el griego, dándole una última mirada a Elena que parecía un adiós —¡Corre, mélissa! ¡No dejes que te atrape!

​El helicóptero se elevó violentamente justo cuando la primera lancha chocaba contra el casco del yate. Elena se pegó a la ventanilla, viendo cómo Nikos se perdía entre los disparos y las sombras en la cubierta.

​Sentado frente a ella, Matteo tenía la mandíbula tan apretada que parecía que iba a romperse. Su mirada estaba fija en la pantalla de su teléfono, que mostraba un mapa de radar con varios puntos rojos convergiendo en su posición.

​—¿A dónde me llevas? —susurró Elena, con la voz quebrada.

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