La mansión estaba en silencio cuando Erick estacionó el auto.
Las luces exteriores iluminaban la fachada imponente, pero dentro reinaba la calma. Amelia caminó despacio hacia la entrada mientras Erick colocaba su mano en la parte baja de su espalda, protector como siempre.
—¿Cómo te sientes, princesa? —preguntó él con suavidad—. ¿Y mi pequeño? ¿No te dio molestias esta noche?
Amelia sonrió y negó con la cabeza.
—No, todo bien, amor. Pero estoy preocupada por Miriam… no me gusta cómo Miguel y Jo