Su mano subió a su mejilla, haciendo temblar a Miriam. El contacto fue lento, casi inseguro, como si estuviera dándole la oportunidad de apartarse. Pero ella no se movió. Su corazón latía con tanta fuerza que estaba segura de que él podía escucharlo.
Miguel se inclinó apenas, lo suficiente para que sus frentes casi se rozaran.
—Mírame —susurró.
Miriam alzó los ojos. Grave error.
Porque en los de él no había juego, no había arrogancia. Había miedo. Y deseo. Y algo que la desarmó por completo: nec