CAPÍTULO 52 — Tú solo ordena yo obedezco.
Amelia seguía sentada en el sofá, sosteniendo la taza de té entre las manos. El líquido ya estaba tibio, pero no lo bebía. Sus dedos temblaban apenas, un temblor casi imperceptible que traicionaba el nudo que aún llevaba apretado en el pecho. El penthouse, normalmente silencioso y elegante, se sentía demasiado grande, demasiado vacío. Cada sonido del edificio —el ascensor lejano, una puerta cerrándose en otro piso, incluso el viento golpeando los ventanales— la hacía tensarse.
El recuerdo del r