El camino hacia el pequeño pueblo costero era largo, angosto y serpenteante, rodeado de cerros y vegetación que se abría poco a poco hasta dejar entrever el tono plata del mar a lo lejos. Erick conducía con las manos firmes en el volante, pero el corazón le latía como si fuera a romperse contra su pecho. Cada palabra de Adriano resonaba en su mente: “Recuerda sus sueños. Las mujeres se refugian en ellos.”
Y Amelia… Amelia siempre hablaba de esta playa. De sus galletas favoritas. De sus atardece