Erick se mantuvo a distancia mientras Amelia dejaba la playa lentamente, con la misma calma triste con la que había llegado. La observó caminar descalza por la arena, luego cruzar un pequeño sendero de madera que llevaba a las casas frente al mar. El viento agitaba su vestido y el cielo crepuscular la envolvía en un tono dorado que la hacía ver casi irreal, como si fuera una aparición o un sueño demasiado perfecto para ser real.
Pero no era un sueño, era ella. La mujer que había estado buscando