Había amanecido cuando Miguel, sentado junto a la cama, vió su celular con la mirada endurecida y encontró el mensaje de Adriano, corto, directo, como todo lo que venía de él: “Ya tengo al maldito que le disparó a tu mujer, te lo llevaré al lugar de siempre, diviértete”, y una sonrisa peligrosa se dibujó en sus labios, lenta, cargada de una promesa que no necesitaba palabras.
—Te arrepentirás de haber nacido, hijo de puta… —murmuró, con una calma que era más aterradora que cualquier grito.
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