En la central, Miguel entró con la ropa aún manchada de sangre, su caminar firme, pesado, con esa energía oscura que hacía que todos a su alrededor guardaran silencio sin necesidad de una orden, su mirada no era la del hombre que horas antes suplicaba junto a una cama… ahora era otra cosa… algo mucho más peligroso.
—Señor Rossi…
—¿Dónde está? —preguntó sin detenerse.
—En la sala de interrogatorio.
Miguel sonrió de lado.
—¿Trajeron lo que pedí?
—Sí, señor.
No dijo nada más y él siguió caminando.