Al llegar a la oficina, Gerald se tiró al sofá de manera relajada con una sonrisa.
—Bueno, ya basta de misterios. Sé que no tienen puta idea de quién soy, pero yo sí sé quiénes son ustedes… o al menos él.
Apuntó a Miguel.
—A ti te debo investigar, sobre todo si estás con mi manzanita.
—¿Manzanita? —preguntó Erick, molesto.
—Sí, manzanita. Amelia. Es mi manzanita. Así nos conocimos. Me cedió la última manzana que quedaba en la cafetería en el primer año de universidad y yo le enseñé trigonometrí