Mauricio entra muy disgustado, la nariz recrecida, le palpitaba, tenía unas ganas de tomar a Úrsula por el cuello y estrangularla, ahorcarla con sus propias manos, pero tenía que ahogar esa rabia, era la primera vez que sentía un deseo asesino, ya odiaba a esa mujer, que ahora tenía al frente. Está vez, logró sacarlo de sus casillas.
—¡Buenos días!—Lo recibe Úrsula con un tono irónico y melodioso.
Mauricio pone los puños apretados sobre el escritorio…
—¡Me tienes harto sabes!
—¡Pero siéntate,